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La belleza de no ser perfectas

  • Foto del escritor: silkehorn
    silkehorn
  • 8 sept 2025
  • 2 Min. de lectura

Siempre digo que la vida va poniendo en nuestro camino a las personas correctas, aquellas de las que podemos aprender un montón de enseñanzas si sabemos mirar la belleza oculta que habita en cada una.


Hoy me pasó algo peculiar: vi a una de las mujeres que considero mi mentora en este viaje de maternidad y autosuperación, perder la paciencia. Y lejos de entristecerme, me sentí feliz. Feliz en el buen sentido, porque me recordó algo que suelo olvidar: más allá de ser madres, esposas o compañeras, somos mujeres reales. Mujeres que cometen errores, que aciertan, que tropiezan, que se cansan, y que también pueden perder la paciencia.


A veces, cuando no tenemos un buen día, nos acostamos con esa extraña sensación en el pecho de que podríamos haberlo hecho mejor. Pero la verdad es que lo estamos haciendo bien. Esos momentos en los que sentimos que fallamos, son los que nos ayudan a replantearnos, a crecer, y a salir de nuevo a flote.


Nuestros hijos no necesitan una mamá perfecta. Necesitan una mamá real. Una mamá que a veces se enoja, que dice “no” cuando está cansada, que no siempre tiene la sonrisa a flor de piel, pero que siempre está, que siempre acompaña, que siempre ama. Porque en medio de la alegría, o de la angustia, las madres seguimos siendo un faro de luz para nuestros hijos.


Y aunque la culpa suele instalársenos tan fácilmente que nos impide disfrutar del camino, tenemos que recordar que cada día, los buenos y los no tan buenos, forman parte de esta travesía. Yo aún tengo hijos pequeños, y sé que vendrán etapas con desafíos más grandes. Pero también sé que creceré junto a ellos, y que lo importante es confiar en que lo estamos haciendo bien.


Hoy le agradezco a esa mujer que vi con la paciencia al limite, porque me recordó todo esto: que ser humanas también es ser buenas madres.


Con amor.

Silke

 
 
 

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